LA ARQUITECTURA DE FREDDY MAMANI SILVESTRE

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Salón Flor de Urkupiña, 2012. Foto: A. Zeballos

Desde hace muchos años vivo en los suburbios de Amsterdam y me movilizo constantemente con transporte publico. En la pequeña estación donde tomo el tren, hay siempre un músico húngaro tocando temas de toda clase, en una de esas tantas veces escuche el tema de los Kjarkas “llorando se fue”, por supuesto en ritmo de lambada; una de las pocas cosas de origen boliviano que se ha globalizado y que ha llegado a ser parte de la cultura mundial.

Desde el año pasado sin embargo, viene ocurriendo que la ciudad de El Alto se está hacienda muy conocida debido a “La arquitectura de Freddy Mamani Silvestre”, a través del libro de Elisabetta Andreoli, como también de artículos y documentales televisivos. No es que crea que está arquitectura tendrá influencia alguna en Europa, pero sí me satisface que se la vea como algo singular y como producto de un proceso de cambio de la realidad política-social boliviana.

Según el Arq. Mamani “el diseño se hace en la ciudad de El Alto, que tiene raíces culturales andinas; entonces, no podemos llamar «cholets», a un diseño que tiene su propia identidad y estilo proveniente de la cultura Andina de Bolivia”.

El uso del apelativo «cholo» es muy comun en Bolivia, el término es utilizado para referirse a los indígenas de la zona altiplánica y es considerado discriminante y peyorativo. En el lenguaje popular, también se utiliza la palabra «chola» para referirse a la mujer amante de un hombre y es muy usado el término «cholero», que hace referencia a un mujeriego. Otra acepción es la que se relaciona con la persona migrada del campo hacia la ciudad, que trata de adaptar o migrar sus costumbres de origen a la nueva idiosincrasia de la ciudad.

Pero en general indica el gentilicio de la población mestiza. El cholo, también llamado mestizo, es la mezcla entre un mestizo y una mestiza, un mestizo y una indígena, un mestizo y una blanca o un blanco y una indígena. Esta mezcla fue muy frecuente en los estados o provincias de países latinoamericanos donde la población nativa terminó siendo más del tercio de la población. Considerando esto seguramente más del 70% de la población boliviana son cholos, y por supuesto una gran mayoría de los profesionales arquitectos, por lo que todos estaríamos haciendo arquitectura chola, si estamos de acuerdo en que nuestros productos arquitectónicos nacen de nuestra propia realidad social y cultural, sea esta en El Alto o en la Zona Sur de La Paz. Pero, por supuesto que la «arquitectura chola» de El Alto es más original, más legítima, y más boliviana que todos los intentos de copiar arquitectura moderna y postmoderna del centro de la ciudad y los barrios de la zona sur.

En uno de los libros más apreciados de Kenneth Frampton, (Tectónica, Poesía de la Construcción), se establece que la arquitectura tiene la capacidad de representar valores,  que el edificio, a diferencia de las bellas artes, es tanto una experiencia cotidiana, como es una representación y que lo construido es más una cosa que una señal. Que el cuerpo articula el mundo, al mismo tiempo que el cuerpo está articulado por el mundo, cuando percibimos el concreto como algo frío y duro, reconocemos nuestro cuerpo como algo cálido y suave.

La arquitectura de Mamani es indudablemente una representación de la realidad boliviana, pero va más allá, es más que una señal, debido a que esta manifestación bidimensional a nivel de fachadas es llevada hacia el interior del edificio, donde se desarrolla de forma exponencial creando  espacios tridimensionales impresionantes, llenos de colorido y de formas características de la artesanía boliviana. Es una arquitectura artesanal, en la que el Arq. Mamani ha sabido encontrar un lenguaje que combina las técnicas artesanales de construcción con estuco con formas y signos de la «cultura andina» como bien él los nombra. Estar dentro de uno de esos espacios debe crear en nosotros éxtasis, complacencia, sorpresa, envidia, celos.

En mi juventud alguna vez quise saber cómo se realizan los trajes de diablos, morenos, chinas, cóndores, etc.; cerca de la Calle Sagarnaga había un taller de confecciones, donde conocí a estos fabulosos artesanos creando piezas únicas para las entradas del Carnaval, artesanos de manos prodigiosas trabajando en familia: abuelos, padres, hijos y otros familiares, ideando fantasías con cartón prensado número 18, un hilo metálico llamado Milán y lentejuelas de todos los colores, piezas con bordados fascinantes que luego a través de uniones y suturas completarían el traje de moreno o de diablo. Para las mascaras utilizaban hojalata que sus habilidosas manos cortaban con eficiencia y precisión.

La técnica debido a la comercialización ha ido cambiado, ahora hay máquinas con las cuales bordan y las fabulosas mascaras son elaboradas con estuco. Pero es precisamente ésta técnica  la que está muy relacionada con la arquitectura de Mamani, sus edificios se han convertido en morenos y diablos, construidos para ser habitados y colonizados, su escala se ha multiplicado y ya no es sólo para un único danzante, ahora es para todo un grupo social.

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Foto A. Zeballos (2012)

No puedo esperar el momento en que todos estos diablos, morenos, chinas, cóndores y demás conformen una fabulosa comparsa urbana de edificios que bailen y se manifiesten con todo su esplendor y colorido en la ciudad de El Alto.

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