Los cordones de los zapatos

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Modelo de cómo enseñar a atar los cordones de los zapatos

Se acabaron las vacaciones y este año fueron fabulosas a pesar de estar vacantes de trabajo ( la crisis económica sigue manifestándose y no se vislumbran cambios positivos), estuvimos libres como el participio del verbo vacare lo indica, vacuos: vacíos y desocupados, dispensados de todo. En nuestras vacaciones acampamos en Italia y nos movilizamos de campamento en campamento en un coche rentado, en un determinado momento estuvimos dentro una rotonda y repentinamente un otro coche apareció por delante de nosotros, venía de otra de las vías adyacentes, casi nos choca, el conductor tenía una mano al volante y la otra en el teléfono mobil. Fue el momento en el que me puse a pensar sobre que sociedades son las más civilizadas. Si uno busca en el internet, encontrará que Holanda y los países escandinavos son los más ‘civilizados’.

Otro de los ‘schocks’ que tuve recientemente fue ver un pequeño film, en el que Evo Morales se hace atar los cordones de su zapato por uno de sus guardias personales. Por supuesto, ser Presidente no asegura que no se cometan barbaridades de cualquier tipo, como tampoco lo hace la figura de un sujeto que usa corbata, traje, es educado, usa cubiertos para comer y se corta las uñas.

Según Tzvetan Todorov (lingüista, filósofo, crítico y te’rico literario, francés), ser civilizado no significa haber cursado estudios superiores o haber leído muchos libros, sino “ser capaz de reconocer plenamente la humanidad de los otros, aunque tengan rostros y hábitos distintos”.

Vivimos en una época, en la que hay una circulación intensa entre los pueblos del mundo, en el que los encuentros entre ciudadanos de países diferentes se ha vuelto algo normal. Existen multiples movimientos de pueblos e individuos debido a la rapidez y facilidad de viajar de un lugar a otro, y donde los habitantes de los países ricos practican un turismo de masas.

Son también los efectos de la globalización de la economía, que, obliga a las élites a estar presentes en todos los rincones del planeta y a los obreros a desplazarse allá donde haya trabajo y donde poblaciones de países pobres intentan por todos los medios acceder a lo que consideran “el paraíso”, en busca de unas condiciones de vida dignas, y en otros casos debido a que huyen de la violencia que asola sus países: guerras, dictaduras, persecuciones o actos terroristas.

Se está produciendo un fenómeno de interculturalidad, en realidad hay pluralidad de culturas, y nosotros mismos somos resultados compuestos por aportes de varios códigos culturales, complementariamente a la forma que adquirimos dependiendo del sexo, grupo etario, salud, clase y trabajo. Esta realidad nos permite no sólo compartir códigos diferentes, sino aumentar el intercambio de ideas y el de enriquecer nuestra cultura, ya que una determinada cultura se enriquece debido a que sabe asimilar las cosas positivas de otras culturas.

Cuando hablamos de ‘culturas’ se trata de modos de vida adoptados por diversos grupos humanos, donde sus miembros reconocen una serie de elementos en común (idioma, religión, estructuras familiares, dieta, vestimenta, entre otros.). Pero hablar de cultura, es hablar de una categoría descriptiva sin juicios de valor. En cambio cuando decimos que es una ‘cultura civilizada’ damos un juicio de valor que se opone a todo lo malo que supuestamente entraría en la ‘cultura de barbarie’.

Oposición que fue la base para generar un conflicto bélico bajo el denominativo de ‘la guerra de las civilizaciones’, y que en otra escala menor cuestiona el derecho a pensar y a discernir diferente y crea personajes que creen ser dueños de la verdad, sin posibilidades de dialogo, sin posibilidades de construir un futuro común.

Hay una necesidad agobiante de crear consenso, de trabajar juntos, hay que reinstalar la idea del diálogo, sólo así se podría decir que uno es “civilizado”. Hay que tratar de generar puentes entre todos los que podamos, sin discriminación de ningún tipo. Ya que los iluminados que no quieren aceptar para sus actuaciones más juez que su propia conciencia, son un autentico peligro. Por eso es escencial formar la conciencia personal a través del dialogo, nunca a través del monólogo, ni siquiera a través del dialogo con el grupo al que pertenecemos, sea familiar etnico o nacional. Somos humanos y nada de lo humano nos puede resultar ajeno, el dialogo ha de tener en cuenta a cercanos y lejanos, a otras formas de pensar, a otras culturas.

En nuestro tiempo el garante último de nuestro comportamiento es la conciencia personal y cabe suponer que para nosotros es algo extremadamente apreciado. Pero también es evidente que la apelación a la conciencia no exime a una sociedad de elaborar leyes, claras y precisas, transparentes y responsables, de reconocimiento de la existencia del ‘otro’. Sólo así, tal vez podamos conciderarnos ‘civilizados’.

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