La línea curva

Curves

Quiero comparar dos citas que me parecen importantes en la concepción del espacio físico, por un lado la frase que pronunció Zaha Hadid en la recepción de la Medalla de Oro 2016 (RIBA) donde declaró lo siguiente acerca de su trabajo: “La vanguardia rusa me ofreció una reserva de innovaciones compositivas todavía no probadas, que estaban llenas de complejidad y dinamismo ………. Esto estaba  más o menos en sintonía con nuestro interés actual en la mezcla de funciones y en la búsqueda de sinergias. He sumado a esto las ideas de distorsión y transformación gradual, en aras de la adaptación al terreno y de una mayor versatilidad.  Además, he explorado el uso de la línea curva de forma libre para articular el dinamismo y la fluidez de la vida contemporánea. Me di cuenta de que la línea curva ayuda a mantener la legibilidad visual a la luz de programas requerido por nuestros clientes, que son cada vez más complejos, y para facilitar la navegación a través de proyectos difíciles”.

Y por otro lado un poema escrito por Oscar Niemeyer,

EL POEMA DE LA LÍNEA CURVA

No es el ángulo recto que me atrae 

Ni la línea recta, dura, inflexible, 

creada por el hombre.

Lo que me atrae es la curva libre y sensual,

una curva que encuentro en las montañas

de mi país, 

en el curso sinuoso de sus ríos, 

en las olas del mar,

en el cuerpo de la mujer deseada.

Esas curvas hicieron el universo, 

el universo curvo de Einstein.

A mi entender dos maneras opuestas de ver la línea curva, que en la arquitectura se presentaría como un espacio lineal, una forma lineal. Formas lineales pueden ser curvilíneas para responder a las condiciones del dinamismo y la fluidez de la vida contemporánea según Hadid o como una interpretación del contexto de acuerdo con Niemeyer. En todo caso son formas irregulares, generalmente asimétricas y más dinámicas que las formas regulares.

El campo visual normalmente consta de elementos heterogéneos, materia que difiere en forma, tamaño, color, etc., y para comprender mejor su estructura, tendemos a organizar dichos elementos en dos grupos opuestos: los elementos positivos que se perciben como figuras (arquitectura), y los elementos negativos que proporcionan un fondo para las figuras (sitio, contexto físico).

Nuestra percepción y comprensión de una composición depende de la forma en que interpretamos la interacción visual entre los elementos positivos y negativos, dentro de un determinado campo visual. Algunas veces vemos figuras sobre un fondo y somos capaces de percibir su organización, debido a que sus perfiles son distintos, su valor contrasta con la del fondo donde se situa, o simplemente por su posición en el campo que puede aislarlo de su contexto. Pero, a veces la relación entre figura y fondo es tan ambigua que podemos cambiar su identidades alternativamente, y casi al mismo tiempo.

En cualquier caso, debemos entender que las figuras, los elementos positivos que nos llaman la atención, no podrían existir sin un fondo. Las figuras y fondos, por lo tanto, son más que elementos opuestos, juntos forman una realidad inseparable, una unidad de contrarios, al igual que los elementos de la forma y el lugar que en conjunto forman la realidad de la arquitectura.

Por lo tanto cualquier forma tridimensional articulará el volumen de espacio que lo rodea y generara un campo de influencia territorial que lo reclama como propio, y lo define como un tipo de espacio específico. Bueno, esta forma de pensar es como normalmente se produce la arquitectura.

Visité la Casa de la Cascada de Frank Lloyd Wright cinco veces y si tengo la oportunidad de hacerlo de nuevo, lo haría sin dubitar. Aquí figura y fondo coexisten, ni el uno ni el otro pueden ser imaginados de forma independiente, el encuadre del paisaje circundante desde el edificio actúa como una terapia, y cambia de acuerdo a la temporada del año en que uno la visite. Lo mismo ocurre con la casa de Niemeyer en Canoa, más pequeña que la primera, pero también anclada a su contexto.

Hablando del contexto, una de las experiencias más satisfactorias que tuve fue con la obra de Mies van der Rohe, cuando vivía en Nueva York solía ir al edificio Seagram, por supuesto, para ver los detalles de Mies, pero por sobre todo para sentarse un par de horas en la plaza soleada, creada por esta estructura vertical; o mejor otro ejemplo, cuando voy a Barcelona siempre ocupo un par de horas para visitar el Pabellón de Barcelona, allí también me gusta sentarme junto al espejo de agua desde donde uno tiene la sensación de no saber si se está en el interior o en el exterior del edificio, ya que ambos se difuminan entre sí.

En mi época de estudiante en el Instituto Berlage de Amsterdam, yo era muy fanático de la obra de Hadid, principalmente por el Proyecto del Pico de Hong Kong en Kowloon,  y la Estación de Bomberos de Vitra, pero luego algo sucedió: “El efecto Guggenheim” y no estoy hablando de cómo este edificio transformó una ciudad industrial en decadencia, sino de cómo a partir de este edificio todo se hizó posible en la arquitectura, nació el espectáculo en la arquitectura, se popularize el Fuck Context de Koolhaas, una de las razones por las que en este mundo globalizado cada día se construye un edificio espectacular, no importa dónde está, o a que cultura representa, sólo importa si primero promueve al arquitecto y en segunda instancia tal vez al lugar.

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